miércoles, 19 de noviembre de 2008

SIGMUND FREUD

El síntoma es lo más ajeno al yo que el alma integra. Lo reprimido es para el yo dominio extranjero, un dominio extranjero interior, así como la realidad es un dominio extranjero exterior.

El yo puede tomarse a sí mismo como objeto, puede amarse, observarse, criticarse...etc. El yo es disociable, por lo menos transitoriamente.


La Patología, con su poder de amplificación y concreción, puede evidenciarnos procesos normales, que de otro modo hubieran escapado a nuestra perspicacia. Allí donde se muestra una fractura o una grieta puede existir normalmente una articulación. Cuando se rompe un cristal, se rompe con arreglo a las líneas de fractura, determinadas por la estructura del cristal. También los enfermos se enferman según la estructura del lenguaje.


La identificaión es distinta que la elección de objeto. La diferencia puede expresarse así: Cuando el niño se identifica con el padre, quiere SER como el padre; cuando lo hace objeto de su elección, quiere TENERLO, poseerlo.


La identificación y la elección de objeto son independientes entre sí.


El sentimiento de inferioridad tiene raíces intensamente eróticas. Una persona se siente inferior cuando advierte que no es amado, sea real o imaginario. La mayor parte del sentimiento de inferioridad proviene de la relación del YO con el SUPERYO, y es, como el sentimiento de culpabilidad, la expresión de una pugna entre ambos. El sentimiento de culpabilidad y el sentimiento de inferioridad son, en general, difícilmente separables.



Lo reprimido entraña un impulso intensísimo a surgir en la conciencia.
La verdad habla, aunque no dice la verdad, sólo la desencadena. Tendemos a decir la verdad más de lo que estamos dispuestos a creer, pero siempre en un discurso censurado. Por eso toda ficción es verdadera.


El yo y lo consciente, lo reprimido y lo inconsciente no coinciden.


Tres peligros acechan al pensar.

El peligro bueno, y por ende saludable, es la vecindad del poeta cantor.

El peligro maligno, y por ende el más agudo, es el pensar mismo. Éste ha de pensar contra sí mismo, algo de lo que sólo raras veces es capaz.

El peligro debido a una mala constitución, y por ende desordenado, es el filosofar.

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